La generación de incertidumbre

“Estamos entrando en un bosque inexplorado, con una multitud de eventos cotidianos que denuncian la inconsistencia del modelo, averías profundas no solucionables con un ajuste alcanzado a través de un acuerdo, esta resistencia compromete la evolución propia de una sociedad multicultural que no está atada a los convencionalismos del mercado capital y sus restricciones, que juraron desde su pretensión la libertad” (anónimo).

La incertidumbre requiere de un marco, un punto que establezca su diferencia con todo aquello que sea certeza, una matriz que permita al observador dar cuenta del camino que transita, más si este es sinuoso y no permite reflejar la naturaleza de lo imprevisto y no programable. Ante ello es necesario definir la incertidumbre para hacer de ella una presencia operativa al momento de su reflexión, en este caso, como fenómeno social. Es quizás imprescindible iniciar este esfuerzo en la agonía materialista, esta esencia que difumina los proyectos cumplidos por nuestros predecesores y en la actualidad se ven enfrentados a la incomprensión de seguir desarrollando sus posibilidades. Es el agonizar de un proyecto lo que pone de relieve la incomprensión de sus objetivos, ajustando requerimientos a una maquinaria descontextualizada y carente de un espíritu renovador.

La esencia de la agonía es la desesperanza por la vida ante la posibilidad crítica de la muerte, también la podríamos considerar como un esfuerzo poderoso para el individuo pero que no roza siquiera la corteza del problema. Esta meditación nubla la razón, evidenciando la naturaleza irracional del individuo, que se ve frente a un descomunal evento al cual no puede moldear o comprender en su complejidad. Sin embargo, la agonía es un hecho psicológico individual, propio y no ajeno, es una vivencia que traza las esperanzas por aferrarse a la vida, buscando un cúmulo de fuerza para seguir con el proyecto aún no finalizado y del cual la muerte se lo está arrebatando. Si la agonía se presenta al individuo como una última exhalación de energía por frenar lo inevitable, generando consigo un momento de lucha por no permitir que lo logrado le sea arrebatado, la sociedad capitalista está en una constante TANATOFOBIA de sí misma y se posiciona frente a la incertidumbre entrando lentamente, en la medida que su infraestructura se lo permita.

La tanatofobia como motor capitalista

Definida la tanatofobia como el miedo a la muerte y a la cual se resiste, el sistema capitalista es un luchador incansable, resistente a la mera idea de su finitud y el cual constantemente obliga a sus adeptos a renovar su espíritu para luchar contra lo inevitable. Pero ciertamente que extender la vida requiere como definición asumir la muerte, la que con ayuda de sus armaduras (ver editorial) combate la incertidumbre con un lenguaje épico de renovación frente a las adversidades.

Ahora bien ¿existen nuevas formas en las cuales el ser humano y la sociedad actual pueden definirse en un proyecto común que rebase las expectativas generadas por el capitalismo, o nos debemos negar ante la incredulidad de la inexistencia de un modelo capaz de sustentar la vida en la sociedad moderna? Siendo así la pregunta, es fácil caer en una tanatofobia realista, la que implica direccionar las reflexiones a lo concreto y específico: nada es posible sin el actual modelo, sin sus logros y virtudes:

“Cumplir la máxima de ser uno mismo, no es sólo un slogan cínico sino la principal fuerza movilizadora del consumo, puesto que el requerimiento a la singularidad es la base de una economía que se alimenta de los deseos y temores de las personas, gracias al usufructo de su creatividad y anhelo de valoración” (Ossa, 2016, página 22).

Por decirlo de alguna manera, el logro de la exploración hoy enriquece a un modelo que busca conocer sus puntos de inflexión, por lo que destina sus esfuerzos en investigar aquello que puede socavar su proyecto, a pesar de que sus integrantes no conozcan cuáles son sus reales límites del conocimiento. Como todo cuerpo vivo que ante una amenaza busca la forma de resolver una salida, el sistema capitalista se ve en una obligación impuesta de evitar su muerte, dar continuidad a su proyecto y educar a sus nuevos integrantes, a pesar de que colinda con la incertidumbre que encapsula y restringe ante el sentido común capitalista.

La tanatofobia, como trauma, provoca un sentimiento irracional sobre los peligros a nuestra propia muerte, haciendo de ellos un sufrimiento constante (fobia), lo que trasunta en ansiedades y pánicos. Esta irracionalidad es la base de un sistema capitalista, la que luego racionaliza creando un sin número de medios de control, llegando a su cúspide con el capitalismo cognitivo explicado por el profesor Carlos Ossa en su libro El Ego Explotado: Capitalismo Cognitivo y Precarización de la Creatividad. El sistema enfermo que no asume su agonía evita la incertidumbre, crea lazos especulativos para salvar sus medios de producción y estimula el cierre a nuevas posibilidades, dando paso a creatividades dentro de los límites de lo permitido, solidificando su máxima:

“Todos tienen un precio”.

La Incertidumbre presente

Más allá del límite los esfuerzos del conocimiento se acercan hacia lo desconocido en miras del riesgo, como parámetro de análisis sobre lo posible. Aquí el sociólogo Ulrich Beck dispone el concepto como un eje de investigación como fenómeno social relevante, tal como lo expone en entrevista con Radio Nederland International:

“[..]el mundo siempre fue catastrófico, siempre con grandes disturbios y como culpables se señalaban a la naturaleza y a los dioses. Pero entonces se produjo el gran cambio: las posibles catástrofes eran obra del ser humano como consecuencia del proceso de modernización, eso es lo que yo llamo la sociedad del riesgo […]” (Entrevista realizada el 27 de marzo de 2012).

La comprensión sobre la naturaleza humana y su influencia sobre las catástrofes modernas nos pone nuevamente al centro, la validez del ser humano como objeto de estudio y fuente de riesgo para la sociedad moderna es un aspecto que vislumbramos, ya que somos sujeto de estudio al momento de un crédito, somos analizados en el cortejo amoroso, son evaluadas nuestras pautas de aprendizaje o como enseñamos. La modernidad ha decidido que nuestra influencia es riesgosa (peligrosa) frente a las armaduras del sistema, potenciando la influencia individual de los comportamientos esperados por el paradigma, refrendando aquellas ovejas descarriadas que deciden fuera de los límites impuestos a través de las continuidades.

Beck nos traduce el lenguaje económico sobre lo que es riesgo, pero a su vez nos abre un panorama sobre el fenómeno social que diferencia el riesgo de la incertidumbre, nos hace explorar en la inevitable evaluación de riesgos que podemos incurrir al tomar una decisión, cuyas características están centradas en el conocimiento de:

Con disposición a responder siempre será el sistema el que opera en sus respuestas, y si para ellas no hay medios científicos claros para determinar si el evento es plausible, será su cultura quién defina los medios para alcanzar dicho riesgo y codificarlo para su posibilidad de decisión. Y he aquí la distancia requerida para marcar: el riesgo surge desde la búsqueda con herramientas que, si bien no pueden asegurar la confiabilidad mínima sobre el fenómeno, igualmente dan grados de posibilidad administrable por el sistema, muy distinto es la incertidumbre, la que no dispone de herramientas que controlen su naturaleza impetuosa, por lo que se escapan del cuadro.

La incertidumbre es el quiebre de todo paradigma, de todo modelo de sociedad, elemento que nutre al conocimiento si es que este siguiese en la búsqueda por ampliar sus objetivos. El análisis se centra en el uso de instrumentos y su perfeccionamiento, los que han demostrado su calidad en el campo, su durabilidad, su consistencia con el modelo. Muy distante a la incertidumbre y muy ajeno a ella, el riesgo es cálculo, probabilidad o voluntad política, juicio moral o verificación ética. En este caso defino la incertidumbre como: “un fenómeno inconmensurable, cuya presencia no tiene control de análisis para su reaparición, pero si deja evidencia de sus consecuencias en individuos y sus relaciones sociales”.

Bibliografía

Escrito por

Juan Luis Ahumada Soto.

Sociólogo, Universidad de Valparaíso.

Instagram @jl_ahumada

Correo electrónico ahumada.juan@gmail.com

LA GENERACION DE INCERTIDUMBRE – VOL . 1

FUENTE: medium.com

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